
«Respetarás a los míos, malditos sean tus ojos burlones, pienses lo que pienses de mí…»
—¿Cuánto tiempo lleva esto en marcha, teniente?
—Ah —Miles miró a Elli—, siete años, ¿no es así?
Los brillantes ojos de Elli chispearon.
—Parece que fue ayer —dijo, en tono neutro. Al parecer también a ella le costaba trabajo ignorar el retintín. Miles confiaba en que lograra mantener bajo control su agudo sentido del humor.
El capitán se estudió las uñas y, bruscamente, miró a Miles.
—Bueno, voy a tener que recurrir a Seguridad del Sector Dos, teniente. Y si descubro que esto es otra idea de los lores Vor de una broma pesada, haré todo lo que esté en mi mano para llevarlo a juicio. No me importa quién sea su padre.
—Todo es cierto, señor. Tiene mi palabra de Vorkosigan.
—Por eso mismo —dijo el capitán Galeni entre dientes.
Miles, furioso, tomó aliento… y entonces situó por fin el acento regional de Galeni.
Alzó la barbilla.
—¿Es usted… komarrés, señor?
Galeni asintió, en guardia. Miles le devolvió la mirada gravemente, inmóvil. Elli le dio un codazo y susurró:
—¿Qué demonios…?
—Más tarde —replicó Miles, también en un susurro—. Política interna de Barrayar.
—¿Tendré que tomar notas?
—Probablemente —alzó la voz—. Debo ponerme en contacto con mis auténticos superiores, capitán Galeni. Ni siquiera sé cuáles son mis órdenes.
Galeni arrugó los labios.
—Yo soy su superior, teniente Vorkosigan —observó con suavidad.
Y debía de estar bastante molesto, juzgó Miles, por haber sido apartado de su propia cadena de mando. ¿Quién podía echárselo en cara? Le respondió con amabilidad.
—Por supuesto, señor. ¿Cuáles son mis órdenes?
