Las manos de Galeni se crisparon brevemente en un gesto de frustración, su boca se curvó en una mueca irónica.

—Tendré que asignarlo a mi personal, supongo, mientras todos esperamos una aclaración. Tercer agregado militar.

—Ideal, señor, gracias —dijo Miles—. El almirante Naismith necesita imperiosamente desaparecer, ahora mismo. Los cetagandanos pusieron precio a su… mi cabeza después de Dagoola. He sido afortunado dos veces.

Ahora le tocó a Galeni el turno de quedarse inmóvil.

—¿Está bromeando?

—Obtuve un saldo de cuatro dendarii muertos y catorce heridos por ello —dijo Miles, envarado—. No lo encuentro nada divertido.

—En ese caso —repuso Galeni, sombrío—, considérese confinado en el complejo de la embajada.

«¿Y perderme la Tierra?» Miles suspiró, reacio.

—Sí, señor —accedió sombrío—. Siempre que la comandante Quinn, aquí presente, pueda hacer de intermediaria con los dendarii.

—¿Por qué necesita continuar sus contactos con los dendarii?

—Son mi gente, señor.

—Me ha parecido entender que el comodoro Tung dirigía el espectáculo.

—Ahora mismo está de permiso. Cuanto necesito, antes de que el almirante Naismith desaparezca por el foro, es pagar algunas facturas. Si me adelantara algo para los gastos inmediatos, podría poner fin a esta misión.

Galeni suspiró; sus dedos bailotearon sobre la comuconsola, y se detuvo.

—Ayuda a toda velocidad. Bien. ¿Cuánto necesitan?

—Unos dieciocho millones de marcos, señor.

Los dedos de Galeni quedaron paralizados en el aire.

—Teniente —dijo despacio—, eso es más de diez veces el presupuesto de toda esta embajada para un año. ¡Varios cientos de veces el presupuesto de este departamento!

Miles extendió las manos.

—Gastos de explotación para cinco mil soldados y técnicos, y once naves durante más de seis meses, más pérdidas de equipo (perdimos un montón de cosas en Dagoola), nóminas, comida, ropa, combustible, gastos médicos, munición, reparaciones… tengo las facturas, señor.



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