
—Han pasado treinta años. Miles. —Ella hizo una pausa—. ¿Hay algo de verdad en eso?
Miles suspiró.
—Algo hubo. Nunca he podido sonsacarle toda la historia, pero estoy seguro de que no es lo que dicen los libros. De todas maneras, la conquista de Komarr fue un poco oscura. Como resultado, durante los cuatro años de su regencia tuvo lugar la revuelta komarresa, y eso sí que fue un jaleo. Los terroristas komarreses han sido la pesadilla de Seguridad desde ese momento. Supongo que hubo mucha represión entonces.
»De todas formas, ha pasado el tiempo, las cosas se han calmado un poco, cualquiera de cualquier planeta con energía que gastar se marcha al recién colonizado Sergyar. Ha habido movimientos entre los liberales (acicateados por mi padre) para integrar plenamente Komarr en el Imperio. No es una idea muy popular entre la derecha barrayaresa. Para el viejo es una especie de obsesión: “Entre justicia y genocidio no hay, a la larga, término medio” —entonó Miles—. Se pone muy elocuente al respecto. Así que la ruta hacia la cima en la vieja y militarista Barrayar, con su sistema de castas, fue y ha sido siempre el servicio militar imperial. Se permitió que los komarreses se alistaran por primera vez hace sólo ocho años.
»Eso significa que todos los komarreses que cumplen ahora el servicio están en el punto de mira. Tienen que demostrar su lealtad del mismo modo que yo demostré mi… —se detuvo— que yo demostré mi valor. Si resulta que estoy trabajando con o bajo las órdenes de un komarrés y me encuentran muerto un día, ese komarrés lo tendrá crudo. Porque mi padre fue el Carnicero, y nadie creerá que no se ha tratado de algún tipo de venganza por su parte.
»Y no sólo será sospechoso ese komarrés: todos los komarreses del servicio imperial quedarán ensombrecidos por la misma nube. La política barrayaresa retrocederá años. Si me asesinaran ahora —se encogió de hombros, indefenso—, mi padre me mataría.
