—Confío en que no estés planeándolo —rió ella.

—Y ahora llegamos a Galeni —continuó Miles rápidamente—. Está en el servicio, es oficial, tiene un puesto en la misma Seguridad. Tiene que haberlas pasado canutas para llegar hasta aquí. Un hombre muy digno de confianza… para ser un komarrés. Pero el suyo no es un puesto importante o estratégico: ciertas informaciones estratégicas de Seguridad se le ocultan deliberadamente. Y ahora aparezco yo y se lo restriego por la cara. Y si tuvo algún pariente en la revuelta komarresa… bueno, estamos en las mismas. No creo que me ame, pero tendrá que cuidarme como a la niña de sus ojos. Y yo. Dios me ayude, voy a tener que dejar que lo haga. Es una situación bastante peliaguda.

Ella le dio una palmadita en el brazo.

—Podrás manejarlo.

—Mm —gruñó él, sombrío—. Oh, Dios, Elli —gimió de pronto, apoyando la frente contra el hombro de ella—, no he conseguido el dinero para los dendarii… no lo obtendré hasta Dios sabe cuándo… ¿qué le diré a Ky? ¡Le di mi palabra…!

Ella le palmeó la cabeza esta vez. Pero no dijo nada.

2

Mantuvo la cabeza apoyada contra el terso tejido de la chaquetilla de su uniforme un instante más. Ella cambió de postura, extendió los brazos hacia él. ¿Iba a abrazarlo? Si lo hacía, decidió Miles, iba a agarrarla y besarla allí mismo. Y luego ya se vería qué pasaba…

Tras él, las puertas del despacho de Galeni se abrieron. Elli y él se separaron de un salto. Ella adoptó la postura de descanso militar con una sacudida de sus cortos rizos oscuros, y Miles se quedó de pie maldiciendo interiormente la interrupción.

Oyó y reconoció la voz familiar antes de darse la vuelta.

—… brillante, seguro y activo como el infierno. Uno cree que va a volcar su volador en cualquier instante. Cuidado cuando empieza a hablar demasiado rápido. Oh, sí, claro que es él…



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