Fue la consecuencia de Dagoola, la furiosa persecución punitiva de los cetagandanos, lo que había costado tanto a los dendarii. Los habían seguido hasta que lograron llegar a jurisdicciones políticas que las naves militares cetagandanas no pudieron atravesar; luego continuaron el acoso con equipos secretos de asesinos y saboteadores. Miles confiaba en que hubieran despistado por fin a los equipos de asesinos.

—¿Recibieron todo este fuego en Dagoola IV? —continuó el ingeniero, aún intrigado por la lanzadera.

—Dagoola fue una operación encubierta —dijo Miles, envarado—. No discutimos ese tema.

—Las noticias lo cubrieron ampliamente hace unos meses —le aseguró el terrestre.

«Me duele la cabeza…» Miles se apretó la frente con la palma, se cruzó de brazos y apoyó la barbilla en la mano, dirigiendo una sonrisa al ingeniero.

—Maravilloso —murmuró.

La comandante Quinn dio un respingo.

—¿Es verdad que los cetagandanos han puesto precio a su cabeza? —preguntó el ingeniero alegremente.

Miles suspiró.

—Sí.

—Oh. Ah. Pensaba que era sólo una patraña.

Se apartó un poco, como cohibido, o como si la mórbida violencia que exudaba el mercenario fuera algo contagioso que de algún modo pudiera pegársele. Tal vez tuviera razón. Se aclaró la garganta.

—Bien, en lo referente al pago por las modificaciones de diseño… ¿qué tenía pensado usted?

—Dinero en efectivo a la entrega —respondió Miles—, después de que la inspección de mi jefe de ingenieros haya aprobado el trabajo completo. Ésos fueron los términos de su oferta, creo.

—Ah… sí. Mm.

El terrestre desvió su atención del aparato. Miles notó cómo pasaba del modo técnico al comercial.



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