
—Kaymer no hincha los presupuestos, almirante Naismith. Y nuestros costes añadidos se cuentan entre los más bajos del negocio. Es algo que nos enorgullece.
El término costes añadidos hizo que a Miles le dolieran los dientes, a la luz de lo de Dagoola. ¿Cuánto sabían estos tipos realmente de Dagoola?
—Si realmente le preocupa nuestra profesionalidad, el dinero puede ser depositado en una cuenta bloqueada bajo control de un tercer grupo neutral, como un banco, hasta que acepten ustedes la entrega. Desde el punto de vista de Kaymer no es un compromiso muy satisfactorio, pero… es lo máximo a lo que estamos dispuestos.
Un tercer grupo neutral terrestre, pensó Miles. Si no hubiera comprobado ya la eficacia de Kaymer, no estaría allí. Era en su propio dinero en lo que pensaba Miles. Lo cual, por cierto, no era asunto de Kaymer.
—¿Tiene problemas de liquidez, almirante? —preguntó el terrestre con interés. A Miles se le antojó que era capaz de ver en sus ojos cómo aumentaba el precio.
—En absoluto —respondió tímidamente. Los rumores sobre las dificultades económicas de los dendarii sabotearían muchas más cosas que aquel acuerdo de reparación—. Muy bien. Dinero por adelantado a ingresar en una cuenta bloqueada.
Si no iba a disponer de sus fondos, tampoco lo haría Kaymer. A su lado, Elli Quinn sorbió aire entre dientes. El ingeniero terrestre y el líder mercenario se estrecharon las manos con solemnidad.
Mientras seguía al ingeniero de ventas de vuelta a su propio despacho. Miles se detuvo un instante junto a una portilla que ofrecía una bella panorámica de la Tierra desde la órbita. El ingeniero sonrió y señaló con amabilidad, incluso con orgullo, al ver su expresión.
La Tierra. La vieja, romántica, histórica Tierra; la gran canica azul. Miles siempre había soñado con viajar hasta allí algún día, aunque no, sin duda, en aquellas circunstancias.
La Tierra seguía siendo el planeta más grande, más rico, más variado y poblado de todo el nexo de agujero de gusano del espacio explorado.
