
—¿Señor? —Elli Quinn interrumpió sus meditaciones. Él sonrió levemente ante su rostro esculpido, el más hermoso que su dinero había podido comprar después de la quemadura de plasma y, sin embargo, gracias al genio de los cirujanos, todavía inconfundiblemente el propio de Elli. Ojalá todas las bajas de combate a su servicio pudieran ser redimidas de la misma forma—. El comodoro Tung a la espera en la comuconsola.
La sonrisa se desvaneció de sus labios. ¿Y ahora qué? Abandonó la portilla y la siguió para apoderarse del despacho del ingeniero de ventas con un amable e implacable:
—¿Nos disculpa, por favor?
El blando y ancho rostro eurasiático de su tercer oficial se formó sobre la placa vid.
—¿Sí, Ky?
Ky Tung, sin uniforme ya y vestido de civil, le dirigió un breve ademán a guisa de saludo.
—Acabo de terminar los acuerdos en el centro de rehabilitación para nuestros nueve heridos graves. Las perspectivas son buenas en el caso de la mayoría. Son recuperables cuatro de los ocho muertos congelados, tal vez cinco si tienen suerte. Los cirujanos incluso piensan que lograrán reparar el casco de salto de Demmi, una vez que el tejido neuronal haya sanado. Por un precio, naturalmente…
