
Tung mencionó el precio en créditos federales. Miles los tradujo mentalmente a marcos imperiales barrayareses, y rechinó un poquito por dentro.
Tung sonrió secamente.
—Sí. A menos que quieras renunciar a esa reparación. Es igual a todo lo demás junto.
Miles sacudió la cabeza, hizo una mueca.
—Hay un montón de personas en el universo a quienes me gustaría traicionar, pero mis heridos no se cuentan entre ellas.
—Gracias —dijo Tung—. Estoy de acuerdo. Me dispongo a abandonar este lugar. Lo último que tengo que hacer es firmar un documento aceptando la responsabilidad personal por la tarifa. ¿Estás seguro de que podremos cobrar aquí lo que nos deben por la operación de Dagoola?
—De eso voy a ocuparme a continuación —prometió Miles—. Ve y firma, yo me encargaré.
—Muy bien, señor —dijo Tung—. ¿Podré disfrutar de mi permiso después?
Tung el terrestre, el único terrestre que Miles había conocido… lo cual probablemente explicaba los inconscientes sentimientos favorables que tenía sobre ese lugar, reflexionó.
—¿Cuánto tiempo te debemos ya, Ky, un año y medio?
«Paga incluida, ay», añadió una vocecita interior, que reprimió por considerarla indigna.
—Puedes disfrutar de todo lo que quieras.
—Gracias —el rostro de Tung se suavizó—. Acabo de hablar con mi hija. ¡Tengo un nieto!
—Enhorabuena —lo felicitó Miles—. ¿El primero?
—Sí.
—Adelante, pues. Si sucede algo, nosotros nos encargaremos. Sólo eres indispensable en combate, ¿eh? Uh… ¿Dónde estarás?
—En casa de mi hermana. En Brasil. Tengo cuatrocientos primos allí.
—Brasil, bien. De acuerdo —¿dónde demonios estaba Brasil?—. Que lo pases bien.
—Lo haré.
El semisaludo de despedida de Tung fue decididamente etéreo. Su rostro desapareció del vid.
—Maldición —suspiró Miles—. Lamento perderlo incluso para un permiso. Bueno, se lo merece.
