—Y no sabe cuánto se lo agradezco. —dijo Mary—. Todos se lo agradecemos … todos los de Sinergía. Para ir a un mundo desconocido …

—Era lo último que pensaba que haría a mi edad —dijo Lonwis—. ¡Pero esos tontos de mente estrecha del Gran Consejo Gris! —Meneó su venerable cabeza, disgustado.

—El sabio Trob va a trabajar con Lou —dijo Ponter—, para ver si un ordenador cuántico, como el que Adikor y yo construimos, puede crearse usando equipo ya existente aquí.

Lou era la doctora Louise Benoit, especializada en física de partículas. Los neanderthales no podían pronunciar la «i» larga, aunque sus Acompañantes la incorporaban cuando era necesario al traducir palabras neanderthales al inglés.

Louise le había salvado la vida a Ponter en su primera visita a nuestro mundo, hacía meses, cuando pasó accidentalmente de su propia cámara subterránea de cálculo cuántico al emplazamiento correspondiente en esta versión de la Tierra … que resultó ser el centro de una esfera de contención de agua pesada en el Observatorio de Neutrinos de Sudbury, donde Louise trabajaba por entonces.

Como había estado en cuarentena con Ponter y Mary y el médico Rcuben Montego cuando Ponter cayó enfermo durante aquella visita, Louise había tenido oportunidad de que éste le hablara del cálculo cuántico neanderthal, lo que la convirtió en la mejor candidata para dirigir su reproducción. Y ese trabajo era una prioridad absoluta, ya que los ordenadores cuánticos suficientemente grandes eran la clave para pasar de un universo a otro.

—¿Y cuándo conoceré a la sabia Benoit? —preguntó Lonwis.

—Ahora mismo —respondió una voz femenina cargada de acento francés. Mary se dio media vuelta. Louise Benoit (hermosa, morena, veintiocho años, todo piernas y dientes blancos y curvas perfectas) se encontraba en la puerta—. Lamento llegar tarde. El tráfico es criminal.



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