Lonwis inclinó la anciana cabeza, obviamente escuchando la traducci6n de su Acompañante de estas últimas palabras, y, también obviamente desconcertado por ellas.

Louise entró en la habitación y, ella sí, tendió la mano. —¡Hola, sabio Trob! —dijo—. Es un placer conocerlo.

Ponter se inclinó hacia Lonwis y le susurró algo. La frente de Lonwis se onduló; era un espectáculo extraño cuando un neandertal con pelo lo hacía, pero resultaba absolutamente surrealista cuando lo hacía aquel centenario, en opinión de Mary. Lonwis tendió la mano y aceptó la de Louise, agarrándola corno si sujetara un objeto repulsivo.

Louise le dedicó aquella radiante sonrisa suya, aunque no pareció surtir ningún efecto sobre Lonwis.

—Es un verdadero honor —dijo. Miró a Mary—. ¡No estaba tan nerviosa desde que conocí a Hawking!

Stephen Hawking había visitado el Observatorio de Neutrinos de Sudbury, o más bien la periferia, pues la cámara de detección se encontraba a 2 kilómetros bajo tierra y a 1,2 kilómetros en horizontal por una galería minera del ascensor más cercano.

—Mi tiempo es enormemente valioso-dijo Lonwis—. ¿Podemos empezar a trabajar?

—Por supuesto —respondió Louise, todavía sonriendo—. Nuestro laboratorio está al fondo del pasillo.

Louise abrió la marcha y Lonwis la siguió. Ponter se acercó a Mary y le dio un afectuoso lametón en la cara, pero Lonwis habló sin mirar atrás.

—Vamos, Boddit.

Ponter le sonrió apenado a Mary, encogió sus enormes hombros con un gesto de qué-se-le-va-a-hacer, y siguió a Louise y al gran inventor, cerrando tras él la pesada puerta de madera.

Mary se acercó a su escritorio y empezó a ordenar el lío de papeles que había encima. Antes se ponía … ¿cómo? ¿Nerviosa? ¿Celosa? No estaba segura, pero desde luego antes se sentía incómoda cuando Ponter pasaba algún tiempo con Louise Benoit.



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