
Pero a Mary ya no le molestaba que Ponter estuviera con Louise. Después de todo, era a Mary, no a la franco-canadiense, a quien amaba Ponter, y las tetas grandes y los labios carnosos no ocupaban los primeros lugares en la lista de rasgos que los barasts preferían.
Un momento después llamaron a la puerta. Mary alzó la cabeza.
—Pase —dijo.
La puerta se abrió, revelando a Jock Krieger, alto, delgado, con un tupé gris que a Mary siempre le recordaba el de Ronald Reagan. No era la única: para los mismos que llamaban a Louise DL era el Destripador. Mary imaginaba que también tendrían un mote para ella, pero aún tenía que averiguarlo.
—Hola, Mary —dijo Jock con su voz áspera y profunda. ¿Tienes un momento?
Mary resopló. —Tengo montones. Jock asintió.
—De eso quería hablar contigo. —Entró y se sentó en una silla—. Has terminado el trabajo para el que te contraté: encontrar un medio infalible para distinguir a un neanderthal de uno de nosotros.
Y en efecto lo había hecho, algo que le había resultado sencillísimo: los Homo sapiens tenían veintitrés pares de cromosomas, mientras que los Horno neanderthalensis tenían veinticuatro.
Mary notó que el pulso se le aceleraba. Sabía que aquel trabajo de ensueño, con su alto sueldo, era demasiado bueno para durar.
—Víctima de mi propio genio —dijo, tratando de gastar una broma—. Pero, ¿sabes?, no puedo volver a la Universidad de York, no este curso. Un par de sustitutos (uno de los cuales es un monstruo horrible) están dando mis clases.
