Finalmente, cuando por fin consiguió hacer acopio de valor, Cornelius encendió su ordenador. Era un viejo Pentium sin marca que tenía desde sus días de estudiante de posgrado. La máquina le servía como procesador de textos y para recibir correo, pero normalmente navegaba por la red en el trabajo: York tenía líneas de alta velocidad, mientras que lo único que él podía permitirse en casa era una conexión telefónica con un servidor local. Pero necesitaba respuestas de inmediato, así que tuvo que soportar la enloquecedoramente lenta carga de páginas.

Tardó veinte minutos, pero finalmente encontró lo que estaba buscando. Ponter había regresado a esta Tierra con un cinturón médico que incluía un escalpelo láser cauterizador. Habían empleado ese aparato para salvarle la vida al neanderthal cuando le dispararon ante la sede de las Naciones Unidas. Sin duda así había sido como …

Cornelius sintió que todos sus músculos se contraían cuando pensó de nuevo en lo que le habían hecho.

Le habían abierto el escroto, presumiblemente con el láser, y luego …

Cornelius cerró los ojos y deglutió con fuerza, tratando de impedir que los ácidos del estómago escalaran de nuevo por su esófago.

De algún modo (posiblemente incluso con las manos desnudas), Ponter le había arrancado a Cornelius los testículos. Y luego debió emplear de nuevo el láser, para cerrar su carne.

Cornelius había buscado sus pelotas frenéticamente por todo el apartamento, con la esperanza de que pudieran reimplantárselas. Pero después de un par de horas, mientras lágrimas de furia y frustración le corrían por la cara, tuvo que aceptar la realidad. Ponter las había arrojado por el retrete, o había desaparecido en la noche con ellas. Fuera como fuese, las había perdido para siempre.



8 из 310