– No hay nota -dijo más para sí mismo que para Donovan.

– No, ni aquí ni en el baño. Puedes echar un vistazo… Bueno, si no te importa vomitar tu cena de Navidad.

Harry se dirigió hacia el corto pasillo que arrancaba del lado izquierdo de la cama. A medida que se acercaba a la puerta del lavabo, sentía que su aprensión aumentaba. Creía firmemente que todo policía había considerado en un momento u otro poner fin a su propia vida.

Bosch se detuvo en el umbral. El cuerpo yacía sobre el suelo de baldosas blancas, con la espalda apoyada contra la bañera. Lo primero en lo que reparó fue en las botas: vaqueras, de cocodrilo gris. Moore las llevaba el día que quedaron en el bar. Una de ellas seguía en el pie derecho. Bosch tomó nota mental de la marca del fabricante: una S como una serpiente grabada en la suela gastada del tacón. La otra bota se hallaba junto a la pared, y el pie con el calcetín puesto estaba envuelto con una bolsa de la policía. Bosch supuso que el calcetín habría sido blanco, pero ahora era de un color grisáceo. El pie parecía ligeramente hinchado.

En el suelo, junto a la jamba de la puerta, había una escopeta de dos cañones de calibre veinte. La parte inferior de la culata estaba rota; a su lado había una astilla de unos diez centímetros de longitud, que Donovan o uno de los directores había marcado con un círculo azul.

Bosch no disponía de tiempo para considerar todos esos hechos, así que se concentró en ver lo máximo posible. Cuando levantó la cabeza para mirar el cadáver, descubrió que Moore llevaba téjanos y un suéter de algodón. Sus manos yacían inertes a ambos lados del cuerpo y su piel era de un gris cerúleo. Tenía los dedos hinchados por la putrefacción y los antebrazos más inflados que Popeye. En el brazo derecho, llevaba un tatuaje desdibujado que mostraba la cara sonriente de un demonio bajo la aureola de un ángel.



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