
El cuerpo estaba recostado contra la bañera como si Moore hubiese echado la cabeza hacia atrás para lavarse el pelo. Pero Bosch se dio cuenta de que sólo daba esa impresión porque la cabeza simplemente no estaba allí, ya que había sido destruida por el impacto de la escopeta de dos cañones. El alicatado azul celeste que rodeaba la bañera estaba cubierto de sangre seca. Y en el interior de ésta aún quedaba el rastro marrón de las gotas de sangre. Bosch se fijó en que algunos azulejos estaban agrietados allí donde habían impactado las balas de la escopeta.
De pronto sintió una presencia detrás de él y, al volverse, topó con la mirada del subdirector Irvin Irving. Irving no llevaba máscara ni se estaba tapando la boca o la nariz.
– Buenas noches, jefe.
Irving lo saludó con la cabeza y preguntó:
– ¿Qué hace usted por aquí, detective?
Bosch había visto lo suficiente como para poder deducir lo que había ocurrido, así que sorteó a Irving y se dirigió hacia la salida. El subdirector del departamento lo siguió y ambos pasaron por delante de dos hombres de la oficina del forense, vestidos con monos azules idénticos. Una vez fuera, Harry tiró su pañuelo en una papelera de la policía. Mientras encendía otro cigarrillo, reparó en que Irving llevaba un sobre de color marrón en la mano.
– Me enteré por la radio -le contó Bosch-. Como estaba de servicio, me he pasado por aquí. Esta es mi división; tendrían que haberme llamado.
– Sí, bueno, cuando se descubrió la posible identidad del cadáver, decidí traspasar el caso inmediatamente a la División de Robos y Homicidios. El capitán Grupa me avisó y yo tomé la decisión.
– ¿Y ya es seguro que se trata de Moore?
– No del todo. -Irving le mostró el sobre-. Acabo de pasarme por Archivos para sacar sus huellas dactilares.
