– ¿Y por qué no lo encontraron antes?

– Porque pagó todo un mes por adelantado y pidió que le dejaran tranquilo. En un lugar como éste tampoco vienen a hacer la habitación cada día. El encargado supuso que sería un borracho que querría coger una buena trompa o dejar de beber. Hay que tener en cuenta que en sitios así no se puede seleccionar a la clientela. Y un mes son seiscientos dólares… -Irving hizo una pausa-. Así que el encargado cogió el dinero y respetó su promesa de no molestar a su cliente, al menos hasta hoy. Esta mañana su mujer descubrió que alguien había forzado el Mustang del señor Moya durante la noche y los dos decidieron entrar. También lo hicieron por curiosidad, claro está. Llamaron a la puerta y, como no contestó nadie, emplearon la llave maestra. En cuanto abrieron comprendieron lo que había ocurrido. Por el olor.

Irving le contó a Bosch que Moore/Moya había subido el aire acondicionado al máximo para frenar la descomposición del cuerpo y mantener el hedor dentro de la habitación. Asimismo, la habitación había sido sellada con toallas mojadas colocadas debajo de la puerta de entrada.

– ¿Nadie oyó el disparo? -inquirió Bosch.

– Que sepamos, no. El encargado dice que no oyó nada y su mujer está medio sorda. De todos modos, viven al otro extremo del motel. Aquí tenemos tiendas a un lado y un bloque de oficinas al otro; dos sitios que cierran de noche. Y en la parte de atrás hay un callejón. Estamos consultando el registro del motel para intentar localizar a las otras personas que se alojaron aquí durante los primeros días de la estancia de Moore. De cualquier forma, el encargado dice que no alquiló las habitaciones contiguas porque pensó que podría ponerse un poco pesado si estaba con el mono. Además, ésta es una calle concurrida, con una parada de autobús justo enfrente. Puede ser que nadie oyera nada. O que lo oyeran, pero no supiesen qué era.



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