
– En el bolsillo trasero derecho -informó el perito-. Hay manchas de putrefacción, pero aún se lee. Por suerte el papel estaba doblado en cuatro y el interior se ha salvado bastante.
Irving se alejó del lavabo con la bolsa de plástico que contenía la nota y los demás lo siguieron. Todos, menos Bosch. El papel era gris como la piel de Moore y tenía una línea escrita en tinta azul. Irving posó sus ojos sobre Bosch y fue como si lo viera por primera vez.
– Bosch, usted tendrá que irse.
Harry quería preguntar sobre el contenido de la nota, pero sabía que se negarían a decírselo. Antes de salir, creyó atisbar una sonrisita de satisfacción en la cara de Chastain.
Cuando llegó a la cinta amarilla, Bosch se detuvo a encender otro cigarrillo. Entonces oyó un ruido de tacones a su espalda y se volvió; era una periodista rubia del Canal 2 que venía hacia él con un micrófono inalámbrico y una sonrisa falsa, de modelo publicitaria. La rubia se le acercó mediante una maniobra bien estudiada, pero Harry la atajó antes de que pudiera hablar:
– Sin comentarios. No trabajo en el caso.
– ¿Pero no podría…?
– Sin comentarios.
La periodista lo miró sorprendida y la sonrisa desapareció de su rostro. Dio media vuelta, enfadada, pero al cabo de unos instantes ya caminaba alegremente -seguida del cámara- hacia la posición elegida para comenzar su reportaje. Justo en ese momento sacaban el cadáver. Los focos se encendieron y las seis cámaras formaron un pasillo por el que los dos hombres del forense empujaron la camilla con el cuerpo tapado. Mientras se dirigían hacia la furgoneta azul de la policía, Harry reparó en el semblante serio de Irving, que caminaba erguido unos pasos más atrás pero lo suficientemente cerca para entrar en el encuadre de la cámara. Al fin y al cabo, cualquier aparición en las noticias de la noche era mejor que nada, especialmente para un hombre con el ojo puesto en el cargo de director.
