
– Número dos, estamos en el Hideaway, Western, al sur de Franklin. Habitación siete. Ah, tráigase una máscara.
Bosch esperó un poco más, pero eso fue todo. Las coordenadas que habían dado, Western y Franklin, correspondían a la jurisdicción de la División de Hollywood. «Uno ka doce» era un código en clave para un detective de la División de Robos y Homicidios fuera del Parker Center, el cuartel general del Departamento de Policía de Los Ángeles. «Número dos» era el código de los subdirectores del departamento. Había tres, por lo que Bosch no supo a quién se referían. Pero eso era lo de menos. La cuestión era: ¿por qué iba a salir de casa uno de los jefazos el día de Navidad?
Había una segunda pregunta que a Harry le preocupaba todavía más. Si el Departamento de Robos y Homicidios ya estaba en camino, ¿por qué no lo habían avisado antes a él, que era el detective de servicio de la División de Hollywood?
Después de dejar el plato en el fregadero de la cocina, Bosch llamó a la comisaría de Wilcox y pidió que le pusieran con el encargado del turno de guardia. Finalmente le pasaron a un teniente llamado Kleinman, a quien Bosch no conocía porque era nuevo. Acababa, de llegar a Hollywood procedente de la División de Foothill.
– ¿Qué está pasando? -preguntó Bosch-. He oído por la radio algo sobre un cadáver en Western y Franklin, pero nadie me ha dicho nada. Es curioso, considerando que estoy de guardia.
– No te preocupes -le respondió Kleinman-. Los «sombreros» lo tienen controlado.
Bosch dedujo que Kleinman debía de ser de la vieja escuela, porque hacía años que no oía esa expresión. En los años cuarenta, los miembros del Departamento de Robos y Homicidios habían lucido unos sombreros de paja que en los cincuenta pasaron a ser de fieltro gris. Al cabo de un tiempo, los sombreros pasaron de moda, pero los detectives especializados en homicidios siguieron existiendo, aunque los policías de uniforme ya no los llamaban «sombreros», sino «trajes». Todavía se creían los mejores y se daban muchos aires, cosa que Bosch había odiado incluso en los tiempos en que fue uno de ellos. Para él, una de las ventajas de trabajar en Hollywood, «la cloaca de la ciudad», era que a nadie se le subían los humos. La gente hacía su trabajo y punto.
