
– Te equivocas, tío. Sí que va conmigo. Tendríais que haberme avisado a mí primero. Quiero que me expliques qué pasó, a ver si lo entiendo.
– Bueno. Pues fue así: recibimos una llamada de ese antro diciendo que tenían un fiambre en el baño de la habitación número siete. Enviamos una patrulla que nos confirmó que sí, que había un cadáver. Pero nos llamaron por teléfono, no por radio, porque en cuanto vieron la placa y la cartera en la cómoda, supieron que se trataba de Moore. O al menos eso pensaron. Total, que yo telefoneé al capitán Grupa a su casa, quien a su vez informó al subdirector. Ellos decidieron avisar a la central, en lugar de a ti. Así están las cosas, o sea que si tienes un problema, díselo a Grupa o al subdirector, no a mí. Yo no tengo la culpa.
Bosch no dijo nada. Sabía que a veces, cuando necesitaba información, la persona con quien estaba hablando acababa por llenar el silencio.
– Ahora ya no está en nuestras manos -continuó Kleinman-. ¡Incluso se han enterado los de la tele y el Times! Ah, y el Daily News. Lógicamente ellos también creen que es Moore. Se ha montado un cacao que no veas. Y eso que con el incendio de la montaña podrían tener bastante, pero no. Ahí están: apostados como buitres en Western Avenue. Ahora mismo tengo que enviar otro coche para controlarlos. Así que deberías estar contento de que no te hayan llamado. Que es Navidad, joder.
Aquello no era suficiente para Bosch. No sólo deberían haberle avisado, sino que él tendría que haber tomado la decisión de llamar a Robos y Homicidios. Le fastidiaba que alguien lo hubiera eliminado de modo tan descarado. Después de despedirse de Kleinman, Bosch encendió otro cigarrillo, sacó su pistola del armario de la cocina, se la colgó del cinturón de los téjanos y se puso una cazadora de color beige sobre su jersey caqui.
Fuera ya había anochecido. A través de la puerta acristalada de la terraza, Bosch divisó la línea del incendio al otro lado del cañón. El fuego resplandecía sobre la silueta negra de la montaña, como la sonrisa falsa de un diablo en su avance hacia la cima. Debajo de su casa, Bosch oyó el lamento del coyote, que aullaba a la luna o al incendio. O tal vez a sí mismo, por encontrarse solo en la oscuridad.
