—Oh. Te refieres a Vetinari.

—¿Es que no veis lo que le ha hecho Vetinari a esta ciudad?

—El patricio es un hombrecillo muy desagradable y engreído —dijo lady Selachii—, pero yo no diría que realmente aterrorice mucho. No como tal.

—Una cosa tienes que reconocerle, y es que la ciudad funciona —dijo el vizconde Patinador—. Más o menos. La gente va haciendo cosas.

—Las calles son más seguras de lo que eran en tiempos de lord Espasmo el Loco —dijo lady Selachii.

—¿Más se-guras? ¡Vetinari estableció el Gremio de Ladrones! —gritó Edward.

—Sí, sí, por supuesto, muy reprensible, ciertamente. Por otra parte, basta con un modesto pago anual y uno ya puede ir seguro por ahí…

—Vetinari siempre dice que si va a haber crimen, al menos que sea crimen organizado —dijo lord Óxido.

—A mí me parece —dijo el vizconde Patinador— que todos los mandamases de los gremios dejan que Vetinari siga donde está porque cualquier otro sería peor, ¿no? Y no cabe duda de que en el pasado ya hemos tenido a unos cuantos que eran… bastante difíciles. ¿Alguien se acuerda de lord Winder el Homicida?

—O de lord Armonio el Trastornado —dijo lord Monflatherse.

—O de lord Escápula el Risueño —dijo lady Selachii—. Un hombre con un sentido del humor realmente afilado, desde luego.

—Ojo, que en el caso de Vetinari… hay algo que no es del todo… —empezó a decir lord Óxido.

—Sé a qué te refieres —dijo el vizconde Patinador—. No me gusta nada la manera que tiene de saber siempre lo que estás pensando antes de que lo pienses.

—Todo el mundo sabe que los Asesinos han fijado su tarifa en un millón de dólares —dijo lady Selachii—. Eso es lo que costaría hacerlo matar.

—Uno no puede evitar tener la sensación de que costaría mucho más asegurarse de que siguiera muerto —dijo lord Óxido.

—¡Dioses! ¿Qué ha sido del orgullo? ¿Qué ha sido del honor?



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