Todos saltaron perceptiblemente cuando el último lord De M’uerthe se levantó de su asiento como una exhalación.

—¿Queréis escuchar lo que estáis diciendo, por favor? Miraos. ¿Quién entre vosotros no ha visto cómo el nombre de su familia se iba degradando desde los días de los reyes? ¿Es que ya no podéis acordaros de aquellos hombres que fueron vuestros antepasados?

Echó a andar rápidamente alrededor de la mesa de tal manera que todos tuvieron que ir volviéndose para mirarlo, y fue señalándolos uno a uno con un dedo furibundo.

—¡Vos, lord Óxido! Vuestro antepasado fue he-cho barón después de matar él solo a treinta y siete klatchianos, armado con nada más que un al-filer, ¿verdad?

—Sí, pero…

—Y vos, señor mío… ¡Sí, vos, lord Monflathers! ¡El primer duque condujo a seiscientos hombres a una gloriosa y épica derrota en la batalla de Quirm! ¿Es que eso no significa n-ada? Y vos, lord Venturii, y vos, sir George… sentados en Ankh dentro de vuestras antiguas mansiones con vuestros antiguos nombres y vuestro antiguo dinero, mientras los gremios… ¡Los gremios, esas camarillas de mercaderes y comerciantes! ¡Mientras los gremios, digo, tienen voz y voto en la a-dministración de la ciudad!

Edward llegó de dos zancadas a un estante y lanzó sobre la mesa un enorme volumen encuadernado en cuero que hizo volcar la copa de lord Óxido.

—¡La N-obleza de Twurp! —gritó—. ¡Todos tenemos páginas ahí! Es de nuestra propiedad. ¡Pero ese hombre os ha hipnotizado! ¡Os aseguro que es de carne y hueso, un mero mortal! ¡Nadie se atreve a quitarle de en medio porque pi-ensan que eso haría que las cosas empeoraran un poquito para ellos! ¡Oh, por todos los dio-ses!

Su audiencia se había puesto muy seria. Todo aquello era cierto, naturalmente… si lo planteabas de esa manera. Y el que viniera de labios de un pomposo joven de ojos enloquecidos no hacía que sonara mejor.



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