—Sí, sí, los buenos viejos tiempos. Torres imponentes, estandartes, la caballerosidad y todo eso —dijo el vizconde Patinador—. Damas con sombreros puntiagudos, tipos con armadura haciéndose picadillo los unos a los otros y todo lo que quieras. Pero ¿sabes?, hemos de progresar con los tiempos…

—Fue una época dorada —dijo Edward.

Dios mío, pensó lord Óxido. Realmente se lo cree.

—Verás, mi querido muchacho —dijo lady Selachii—, un poco de parecido fruto de la casualidad y una pequeña joya… Bueno, en realidad eso no significa gran cosa, ¿verdad?

—Mi aya me dijo que un auténtico rey podía sacar una espada de una piedra —dijo el vizconde Patinador.

—Ja, sí, y también podía curar la caspa —dijo lord Óxido—. Eso no es más que una leyenda. No es real. Y de todos modos, esa historia siempre me ha tenido un poco perplejo. ¿Qué hay de difícil en eso de sacar una espada de una piedra? El trabajo de verdad ya está hecho. Lo que deberías hacer es moverte y buscar al hombre que clavó la espada en la piedra en un principio, ¿eh?

Hubo una especie de carcajada general llena de alivio. Eso fue lo que recordaría Edward después. Todo había terminado entre carcajadas. No exactamente a sus expensas, pero Edward era el tipo de persona que siempre se toma las risas de una manera muy personal.

Diez minutos después, Edward de M’uerthe estaba solo.

Todos se lo tomaban con una tranquilidad inmensa. ¡Progresar con los tiempos! Edward había esperado más de ellos. Mucho más. Se había atrevido a concebir la esperanza de que podían llegar a sentirse inspirados por su liderazgo. Se había imaginado a sí mismo al frente de un ejército…

Blenkin entró arrastrando los pies con respeto.

—Los he acompañado a todos hasta la puerta, señor Edward —dijo.

—Gracias, Blenkin. Puedes quitar la mesa.

—Sí, señor Edward.

—¿Qué ha sido del honor, Blenkin?



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