
—Pues no lo sé, señor. Le aseguro que yo no lo he cogido.
—No quisieron escuchar.
—No, señor.
—No quisieron es-cuchar.
Edward se quedó sentado junto al fuego que iba agonizando, con un ejemplar bastante usado de La sucesión de Ankh-Morpork escrita por Muerdemuslo abierto sobre su regazo. Reinas y reyes muertos lo contemplaban con reproche.
Y allí hubiera podido terminar todo. De hecho, en millones de universos terminó allí. Edward de M’uerthe fue envejeciendo y la obsesión se convirtió en una especie de locura libresca del tipo guantes-con-los-dedos-recortados y zapatillas de fieltro, y Edward llegó a ser todo un experto en la realeza, aunque eso nadie llegó a saberlo jamás debido a que rara vez salía de sus habitaciones. El cabo Zanahoria llegó a ser el sargento Zanahoria y, a su debido tiempo, murió de uniforme a la edad de setenta años en un improbable accidente relacionado con un oso hormiguero.
En un millón de universos, los guardias interinos Cuddy y Detritus no se cayeron por el agujero. En un millón de universos, Vimes no encontró los tubos. (En un universo extraño pero teóricamente posible, la Casa de la Guardia fue redecorada en colores pastel por un inexplicable tornado que también reparó el pestillo de la puerta e hizo unos cuantos trabajitos inesperados más por todo el lugar.) En un millón de universos, la Guardia fracasó.
En un millón de universos, este libro fue muy corto.
Edward se quedó dormido con La sucesión de Ankh-Morpork sobre las rodillas y tuvo un sueño. Soñó con una gloriosa contienda. «Gloriosa» era otra palabra muy importante en su vocabulario personal, al igual que «honor».
Si los traidores y los hombres sin honor no eran capaces de ver la verdad, entonces él, Edward de M’uerthe, era el dedo del Destino.
El problema con el Destino, naturalmente, es que no suele importarle demasiado dónde pone el dedo.
