Levantó una pierna del suelo.

—¿Cuánto dinero hay? —preguntó.

—Parecen unos tres dólares —dijo Angua.

—Bravo. La cantidad exacta.

—No, el tendero dijo…

—Venga, regresemos a la Casa de la Guardia. Vamos, Aquíyahora. Es tu día de suerte.

—¿Por qué es su día de suerte? —preguntó Angua—. Le han capturado, ¿no?

—Sí. Le hemos capturado nosotros. El Gremio de Ladrones no le cogió primero. Ellos no son tan amables como nosotros.

La cabeza de Aquíyahora iba rebotando ruidosamente de un adoquín a otro.

—Coger tres dólares y luego correr directo a casa —suspiró Zanahoria—. Este es Aquíyahora, el peor ladrón del mundo.

—Pero dijiste que el Gremio de Ladrones…

—Cuando lleves un tiempo aquí, entenderás cómo funciona todo esto —dijo Zanahoria. La cabeza de Aquíyahora chocó con el bordillo—. En algún momento —añadió Zanahoria—. Pero el caso es que todo funciona. Te asombrará, ya lo verás. Todo funciona. Ojalá no lo hiciera. Pero lo hace.


Mientras Aquíyahora iba acumulando una pequeña conmoción por el camino que terminaría llevándolo a la seguridad de la cárcel de la Guardia, un payaso estaba siendo víctima de un asesinato.

El payaso iba andando por la calle sintiéndose tan tranquilo como se puede esperar de alguien que le ha pagado el año entero al Gremio de Ladrones cuando una figura encapuchada se le puso delante.

—¿Beano?

—Oh, hola… Eres Edward, ¿verdad?

La figura titubeó.

—Estaba a punto de regresar al Gremio —dijo Beano.

La figura encapuchada asintió.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Beano.

—Lamento e-sto —dijo la figura—. Pero es por el bien de la ciudad. No es nada p-ersonal.

Se colocó detrás del payaso. Beano sintió cómo algo se resquebrajaba, y entonces todo su universo personal se desconectó.



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