
Luego se sentó en el suelo.
—Ay —dijo—, eso duel…
Pero no era así.
Edward de M’uerthe le estaba mirando con una expresión horrorizada.
—Oh… ¡No pretendía darte tan fuerte! ¡Solo quería quitarte de en medio!
—¿Y por qué tenías que darme?
Y entonces fue cuando Beano empezó a tener la impresión de que Edward no estaba exactamente mirándole, y que en realidad no le estaba hablando a él.
Bajó la mirada hacia el suelo, y experimentó esa sensación tan peculiar que solo conocen quienes han muerto recientemente, el horror ante lo que ves yaciendo ante ti, seguido por la inquietante pregunta: Y entonces, ¿quién es el que está mirando?
TOC TOC
Beano levantó la vista.
—¿Quién es?
LA MUERTE.
—¿La muerte? ¿La muerte de quién?
La atmósfera sufrió un enfriamiento súbito. Beano esperó. Edward estaba dándole palmaditas frenéticas en la cara… bueno, sobre lo que hasta hacía muy poco había sido su cara.
ME PREGUNTO SI… BUENO, ¿NO PODRÍAMOS VOLVER A EMPEZAR? ME PARECE QUE NO HE CONSEGUIDO PILLARLE EL TRUCO A ESTO.
—¿Cómo dices? —preguntó Beano.
—¡Lo s-iento! —gimió Edward—. ¡Lo he hecho con la mejor intención!
Beano vio cómo su asesino se llevaba su… el cuerpo arrastrándolo por el suelo.
—Nada personal, dice —dijo—. Pues me alegro de que no fuera nada personal. Sentiría mucho tener que pensar que he sido asesinado porque se trataba de algo personal.
VERÁS, ES QUE ME HAN SUGERIDO QUE DEBERÍA SER UNA PERSONA MÁS ABIERTA AL TRATO CON LA GENTE.
—No, lo que me gustaría saber es por qué lo ha hecho. Yo creía que nos llevábamos bastante bien. Es muy difícil hacer amigos en mi trabajo. En el tuyo también, supongo.
SOLTÁRSELO POCO A POCO, POR ASÍ DECIRLO. IR POR ETAPAS, YA SABES.
—Hace un momento yo iba paseando tranquilamente por ahí, y un instante después estaba muerto. ¿Por qué?
