
La gente decía que iba a ser una boda muy rara. Vimes trataba a sus superiores sociales con un desprecio apenas disimulado, porque las mujeres hacían que le doliera la cabeza y los hombres hacían que le picaran los puños. Y Sybil Ramkin era la última superviviente de una de las familias más antiguas de Ankh. Pero ella y Vimes se habían visto tan inexorablemente unidos como dos ramitas atrapadas en el remolino de un estanque, y finalmente habían terminado inclinándose ante lo inevitable.
De pequeño, Sam Vimes pensaba que quienes eran muy ricos comían en platos de oro y vivían en casas de mármol.
Ahora había aprendido algo nuevo: quienes eran muy pero que muy ricos podían permitirse ser pobres. Sybil Ramkin vivía en la clase de pobreza que solo se hallaba disponible para los muy ricos, una pobreza alcanzada desde el otro lado. Las mujeres que eran meramente acomodadas ahorraban y compraban vestidos hechos de seda ribeteados con encajes y perlas, pero lady Ramkin era tan rica que podía permitirse ir por casa calzada con botas de goma y llevando una falda de lana que había pertenecido a su madre. Era tan rica que podía permitirse vivir de galletas y bocadillos de queso. Era tan rica que vivía en tres habitaciones de una mansión que tenía treinta y cuatro; el resto de ellas estaban llenas de muebles muy caros y muy antiguos, cubiertos con sábanas para protegerlos del polvo.
La razón por la que los ricos eran ricos, razonaba Vimes, era que se las arreglaban para gastar menos dinero.
Tomemos el caso de las botas, por ejemplo. Él ganaba treinta y ocho dólares al mes más complementos. Un par de botas de cuero realmente buenas costaba cincuenta dólares. Pero un par de botas, las que aguantaban más o menos bien durante una o dos estaciones y luego empezaban a llenarse de agua en cuanto cedía el cartón, costaban alrededor de diez dólares. Aquella era la clase de botas que Vimes compraba siempre, y las llevaba hasta que las suelas se quedaban tan delgadas que le era posible decir en qué lugar de Ankh-Morpork se encontraba durante una noche de niebla solo por el tacto de los adoquines.
