
Pero el asunto era que las botas realmente buenas duraban años y años. Un hombre que podía permitirse gastar cincuenta dólares disponía de un par de botas que seguirían manteniéndole los pies secos dentro de diez años, mientras que un pobre que solo podía permitirse comprar botas baratas se habría gastado cien dólares en botas durante el mismo tiempo y seguiría teniendo los pies mojados.
Esa era la teoría «Botas» de la injusticia socioeconómica del capitán Samuel Vimes.
En realidad, todo se reducía a que Sybil Ramkin rara vez tenía que comprar nada. La mansión estaba repleta de todos aquellos muebles enormes y sólidos que habían comprado sus antepasados. Nunca se gastaban. Sybil tenía cajas enteras llenas de joyas que simplemente parecían haber ido acumulándose a lo largo de los siglos. Vimes había visto una bodega en la que un regimiento entero de espeleólogos habría podido emborracharse tan a gusto que no les habría importado que se hubieran perdido sin dejar rastro.
Lady Sybil Ramkin vivía muy cómodamente el día a día gastando, estimaba Vimes, aproximadamente la mitad de lo que gastaba él. Pero ella gastaba mucho más en dragones.
El Santuario Rayo de Sol para Dragones Enfermos estaba edificado con paredes muy gruesas y un techo muy, muy ligero, una idiosincrasia arquitectónica que, aparte de allí, normalmente solo se encontraba presente en las fábricas de fuegos artificiales.
Y esto se debía a que la condición natural del dragón de pantano común es la de hallarse crónicamente enfermo, y el estado natural de un dragón que no goza de buena salud es el de encontrarse laminado por encima de las paredes, el suelo y el techo de cualquiera que sea la habitación en la que se halla. Un dragón de pantano es una fábrica química peligrosamente inestable y pésimamente gestionada a un solo paso del desastre. Dicho paso, además, es muy pequeño.
