Se ha especulado con que el hábito de estallar violentamente cuando están enfadados, excitados, asustados o meramente aburridos es un rasgo de supervivencia

Por consiguiente, Vimes abrió la puerta con mucho cuidado. El olor a dragones le envolvió. Era un olor muy poco habitual, incluso para los estándares de Ankh-Morpork, e hizo pensar a Vimes en un estanque que se hubiera utilizado durante varios años para verter desperdicios químicos y luego hubiese sido drenado.

Unos dragones pequeños le silbaron y le chillaron desde los apriscos que había a cada lado del sendero. Varios chorros de llamas causados por la excitación le chamuscaron los pelos en la parte de las pantorrillas que Vimes llevaba al aire.

Encontró a Sybil Ramkin con un par de integrantes de la miscelánea de mujeres jóvenes ataviadas con pantalones de montar que ayudaban a llevar el Santuario. Generalmente se llamaban Sara o Emma, y a Vimes le parecía que todas tenían exactamente el mismo aspecto. Las tres se estaban debatiendo con lo que parecía ser un saco airado. Sybil levantó la vista cuando Vimes fue hacia ellas.

—Ah, aquí tenemos a Sam —dijo—. Hazme un favor y sujeta esto.

El saco cayó en los brazos de Vimes. En ese mismo instante, una garra surgió del fondo del saco y arañó la coraza de Vimes en un animoso intento de sacarle las entrañas. Una cabeza de orejas puntiagudas se abrió paso por el otro extremo del saco, dos relucientes ojos rojizos se clavaron brevemente en Vimes, una boca llena de dientes en forma de sierra se abrió de golpe, y una ráfaga de vapor maloliente se esparció sobre él.

Lady Ramkin agarró triunfalmente la mandíbula inferior del pequeño dragón y le metió el otro brazo garganta abajo, introduciéndolo hasta el codo.

—¡Te pillé! —Se volvió hacia Vimes, quien todavía estaba paralizado por el estupor—. El muy diablillo no quiere tomarse su tableta de piedra caliza. Traga. ¡Traga! ¡Eso es! ¿Quién es un buen chico? Ahora ya puedes soltarlo, Sam.



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