
El saco resbaló de los brazos de Vimes.
—Un caso bastante serio de Cólicos Sin Llamas —dijo lady Ramkin—. Espero que lo hayamos cogido a tiempo…
El dragón terminó de salirse del saco abriéndolo a zarpazos y miró alrededor en busca de algo que incinerar. Todos intentaron quitarse de en medio.
Entonces al dragón se le cruzaron los ojos, y eructó.
La tableta de piedra caliza rebotó en la pared de enfrente con un chasquido seco.
—¡Todo el mundo al suelo!
Todos saltaron en busca del cobijo que podían llegar a proporcionar un pequeño abrevadero y un montón de ladrillos vítreos.
El dragón volvió a eructar, y puso cara de perplejidad. Luego estalló.
Los cuatro levantaron las cabezas en cuanto el humo se hubo despejado y contemplaron el pequeño y triste cráter.
Lady Ramkin sacó un pañuelo de un bolsillo de su mono de cuero y se sonó la nariz.
—Pobre mamoncete —dijo—. Oh, bueno. ¿Qué tal estás, Sam? ¿Has ido a ver a Havelock?
Vimes asintió. Por muchos años que viviera, pensó, nunca llegaría a acostumbrarse a la idea de que el patricio de Ankh-Morpork tuviera un nombre propio, o a la de que alguien pudiera haber llegado a conocerle lo bastante bien para llamarle por él.
—He estado pensando en esa cena de mañana por la noche —dijo desesperadamente—. Verás, el caso es que realmente no creo que pueda…
—No seas bobo —dijo lady Ramkin—. Lo pasarás bien. Ya va siendo hora de que conozcas a las Personas Apropiadas. Lo sabes, ¿verdad?
Vimes asintió con expresión abatida.
—Entonces te esperamos en casa a las ocho —dijo ella—. Y no pongas esa cara. Te ayudará tremendamente. Vales demasiado para pasarte las noches dando vueltas por oscuras callejas mojadas. Ya va siendo hora de que salgas al mundo.
