Vimes hubiese querido decir que a él le gustaba dar vueltas por oscuras callejas mojadas, pero no habría servido de nada. En realidad tampoco le gustaba tanto. Simplemente era lo que siempre había hecho. Pensaba en su placa de la misma manera en que pensaba en su nariz. Ni la amaba ni la odiaba. Simplemente era su placa.

—Bueno, pues entonces espabila. Será terriblemente divertido. ¿Tienes un pañuelo?

Vimes fue presa del pánico.

—¿Qué?

—Dámelo —dijo ella, y luego lo acercó a la boca de Vimes—. Escupe… —ordenó.

Le quitó una mancha que tenía en la mejilla. Una de las Emmas Intercambiables soltó una risita que sonó justo lo bastante alta para poder oírse. Lady Ramkin no le prestó ninguna atención.

—Ya está —dijo—. Bueno, eso está mejor. Ahora ya puedes irte a hacer que las calles sean seguras para todos nosotros. Y si quieres hacer algo realmente útil, podrías encontrar a Regordete.

—¿Regordete?

—Anoche se escapó de su aprisco.

—¿Un dragón?

Vimes gimió y sacó de su bolsillo un puro barato. Los dragones de pantano estaban empezando a convertirse en una pequeña molestia dentro de la ciudad, y eso ponía muy furiosa a lady Ramkin. La gente los compraba cuando medían quince centímetros de largo y eran una manera encantadora de encender fuegos pequeños y después, cuando ya estaban empezando a quemar los muebles e iban dejando agujeros corrosivos en la alfombra, el suelo y el techo del sótano que había debajo de él, se les expulsaba de la casa para que se buscaran la vida por su cuenta.

—Lo rescatamos de un herrero en la calle Fácil —dijo lady Ramkin—. Yo le dije a ese buen hombre que podía utilizar una forja, igual que hacían todos los demás. Pobre cosita…

—Regordete —dijo Vimes—. ¿Tienes una cerilla?



31 из 348