
—Lleva un collar azul —dijo lady Ramkin.
—Sí, de acuerdo.
—Te seguirá igual que una ovejita si piensa que llevas encima una galleta de carbón de leña.
—De acuerdo —dijo Vimes mientras se palpaba los bolsillos.
—Están un poquito sobreexcitados con todo este calor que hace.
Vimes metió la mano en un aprisco de dragoncitos recién salidos del huevo y cogió a uno de ellos, que empezó a batir excitadamente sus rechonchas alitas. Luego soltó un breve chorro de llama azulada. Vimes inhaló rápidamente.
—Sam, realmente me gustaría que no hicieras eso.
—Lo siento.
—Así que si pudieras hacer que el joven Zanahoria y ese simpatiquísimo cabo Nobbs mantuvieran los ojos bien abiertos por si…
—No hay problema.
Por alguna razón inexplicable, lady Sybil, que en cualquier otro aspecto tenía una vista excelente, insistía en pensar que el cabo Nobbs era un bribonzuelo encantadoramente descarado. Eso siempre había tenido perplejo a Sam Vimes. Tenía que ser la atracción de los opuestos. El molde del que habían salido los Ramkin hubiese hecho palidecer de envidia al mejor panadero de Ankh-Morpork, mientras que el cabo Nobbs había sido descalificado de la carrera evolutiva por empujar a los competidores y tratar de ponerles la zancadilla.
Mientras Vimes se alejaba calle abajo con sus viejas prendas de cuero, su cota de malla oxidada y el casco firmemente calado en la cabeza, y con el roce de los adoquines a través de las suelas gastadas de sus botas diciéndole que estaba en el callejón del Acre, nadie hubiese creído que estaba viendo a un hombre que no tardaría en contraer matrimonio con la mujer más rica de Ankh-Morpork.
Regordete no era un dragón feliz.
Echaba de menos la fragua. La fragua le gustaba mucho. Allí disponía de todo el carbón que podía llegar a comer y el herrero tampoco había sido un hombre particularmente duro. Regordete no le había pedido gran cosa a la vida, y había obtenido lo poco que pedía.
