
Sus labios se movieron mientras iba contando. Allí, sentado entre Nobby y el guardia Cuddy, había un hombrecillo harapiento cuya barba y cuyo pelo habían llegado a crecer y enmarañarse hasta tal punto que parecía una comadreja atisbando desde el interior de un matorral.
—«… paréntesis la de-i-dad previa-mente mencionada cierre paréntesis me a-yude a ello punto.»
—Oh, no —dijo Colon—. ¿Qué estás haciendo aquí, Aquíyahora? Gracias, Detritus, y no saludes, ya puedes sentarte.
—El señor Zanahoria me ha traído —dijo Aquíyahora.
—Custodia de protección, mi sargento —dijo Zanahoria.
—¿Otra vez? —Colon descolgó las llaves de las celdas de su clavo encima del escritorio y se las arrojó al ladrón—. Está bien. Celda Tres. Llévate las llaves, y ya te echaremos un par de gritos si volvemos a necesitarlas.
—Es usted un encanto, señor Colon —dijo Aquíyahora, bajando por los escalones que llevaban a las celdas.
Colon sacudió la cabeza.
—El peor ladrón del mundo —dijo.
—Pues no parece tan bueno —dijo Angua.
—No, quiero decir que es el peor —murmuró Colon—. Peor en el sentido de cuando algo no sirve para nada, ya sabes.
—¿Se acuerda de aquella vez en que iba a irse hasta la cima de Dunmanifestin para robarles el Secreto del Fuego a los dioses? —dijo Nobby.
—Y entonces yo le dije: «Pero si ya lo tenemos, Aquíyahora, si hace miles de años que lo hemos tenido» —dijo Zanahoria—. Y entonces él dijo: «Vale, así que tiene un valor de antigüedad».
—Pobre viejo —dijo el sargento Colon—. De acuerdo. A ver qué más tenemos por aquí… ¿Sí, Zanahoria?
—Ahora tienen que recibir el Chelín del Rey —dijo Zanahoria.
—Claro. Sí. De acuerdo.
Colon rebuscó dentro de su bolsillo y sacó de él tres dólares de Ankh-Morpork, del tamaño de lentejuelas y con aproximadamente tanto contenido en oro como el agua de mar. Luego se los fue lanzando uno por uno a los reclutas.
