
– Qué le pasa ahora -le dijo el camarero tomándolo por el brazo-. Sea razonable, está molestando a todo el mundo.
– ¡Me la suda el mundo! -aulló Joss agarrándose al mostrador.
Joss recordaba haber sido expulsado del bar D’Artimon por dos tipos más bajos que él y haberse balanceado sobre la calzada durante un centenar de metros. Se había despertado nueve horas más tarde en un portal, a una buena decena de estaciones de metro del bar. Alrededor de mediodía, se había arrastrado hasta su habitación ayudándose con las dos manos para sostener su cabeza, pesada como el hierro, y se había vuelto a dormir hasta el día siguiente a las seis. Cuando abrió dolorosamente los ojos, había clavado sus ojos en el techo sucio de su vivienda y había dicho, obstinadamente:
– Pobre viejo imbécil.
Hacía ya siete años que, tras algunos meses de rodaje difícil -encontrar el tono, escoger el emplazamiento, concebir las rúbricas, encontrar una clientela fiel, fijar las tarifas-, Joss había adoptado la profesión en desuso de pregonero. Ar Bannour. Se había paseado con su urna por diversos puntos en un radio de setecientos metros alrededor de la estación Montparnasse -de la que no le gustaba alejarse, por si acaso, decía- para terminar estableciéndose hacía dos años en el cruce Edgar-Quinet-Delambre. Atraía así a los habituales del mercado, a los residentes, captaba a los empleados de las oficinas mezclados con los asiduos de la Rue de la Gaîté y una parte de la oleada procedente de la estación Montparnasse. Pequeños grupos compactos se apelotonaban en torno a él para escuchar el pregón de las noticias. Sin duda eran menos numerosos que los que se reunían antaño en torno al bisabuelo Le Guern pero, no en vano, Joss oficiaba cotidianamente y tres veces al día.
Sin embargo en su urna la cantidad de mensajes era bastante considerable, unos sesenta al día por término medio -y muchos más por la mañana que por la tarde, puesto que la noche propiciaba los depósitos furtivos-, cada uno iba en su sobre cerrado y lastrado por una moneda de cinco francos.
