
– ¿No les faltaron bofetadas?
– Dinero, imbécil.
– ¿Daba para tanto?
– Tanto como yo quería. Si hay un producto que nunca se agota en esta tierra son las noticias, y si hay una sed que nunca cesa es la curiosidad de los hombres. Cuando eres pregonero, das de mamar a toda la humanidad. Tienes la seguridad de que nunca te faltará leche y de que nunca te faltarán bocas. Oye chico, si empinas tanto el codo, nunca podrás trabajar de pregonero. Es una profesión que exige ideas claras.
– No quiero entristecerte, abuelo -dijo Joss sacudiendo la cabeza-, pero la de pregonero es una profesión que ya no existe. Ya no encontrarás a nadie que entienda la palabra. «Zapatero» sí, pero «pregonero» ya ni existe en el diccionario. No sé si sigues manteniéndote informado desde que has muerto pero las cosas han cambiado mucho por aquí. Ya nadie necesita que le griten a los oídos en la plaza de la iglesia, puesto que todo el mundo tiene periódico, radio y televisión. Y si te conectas a la red en Loctudy, sabes si alguien se ha meado en Bombay. Imagínate.
– ¿Me tomas de verdad por un viejo gilipollas?
– Te informo, nada más. Ahora me toca a mí.
– Te rindes, mi pobre Joss. Enderézate. No has comprendido gran cosa de lo que te he dicho.
Joss alzó una mirada vacía hacia la silueta del bisabuelo que descendía de su taburete de bar con una cierta prestancia. Ar Bannour había sido grande en su época. Era cierto que se parecía a aquel bruto.
– El pregonero -dijo el antepasado con fuerza plantando su mano sobre el mostrador- es la vida. Y no me digas que ya nadie comprende lo que significa esa palabra o que ya no figura en el diccionario. Será más bien que los Le Guern han degenerado y ya no se merecen pregonarla. ¡La vida!
– ¡Pobre viejo imbécil! -murmuró Joss viéndolo partir-. Pobre viejo achacoso.
Dejó el vaso sobre la barra y añadió bramando en su dirección:
– ¡Además, no te había llamado!
