
El viejo Ar Bannour tenía razón: nunca había faltado material y Joss tuvo que convenir con él, una noche de borrachera, en el bar D’Artimon. «Los hombres están repletos de cosas que decir, ya te lo advertí», dijo el antepasado bastante satisfecho de que el chico hubiese retomado el negocio. «Repletos como viejos colchones de paja. Repletos de cosas que decir y de cosas que no hay que decir. Tú recoges la oferta y rindes servicio a la humanidad. Eres el expurgador. Pero, cuidado, hijo, es muy cansado. Si arañas el fondo, sacarás agua clara y sacarás mierda. Cuida tus cojones, no hay sólo belleza en la cabeza del hombre.»
Tenía razón el antepasado. En el fondo de la urna había cosas decibles y cosas no decibles. «Indecibles», había corregido el letrado, el viejo que regentaba una especie de hotel al lado de la tienda de Damas. De hecho, cuando sacaba los mensajes, Joss comenzaba por formar dos montones, el montón decible y el montón no decible. En general el decible circulaba por su vía natural, es decir por la boca de los hombres, en riachuelos ordinarios o en oleadas vociferantes, lo que permitía que el hombre no explotase bajo la presión de las palabras apretadas. Porque a diferencia del colchón de paja, el hombre desgranaba cada día nuevas palabras, lo que convertía en completamente vital la cuestión del desagüe. De lo que era decible, una parte trivial llegaba hasta la urna y se inscribía en las rúbricas de Venta, Compra, Se busca, Amor, Asuntos diversos y Anuncios técnicos; estos últimos estaban limitados numéricamente por Joss, que cobraba por ellos seis francos en compensación por las molestias que le causaba su lectura.
