Pero, sobre todo, lo que el pregonero había descubierto era el volumen insospechado de lo indecible. Insospechado porque ningún agujero estaba previsto en el colchón de paja para la eliminación de aquella materia verbal. Bien porque traspasa los límites lícitos de la violencia, o de la audacia, o al contrario, porque no consigue alcanzar un grado de interés que legitime su existencia. Esas palabras ultrajantes o indigentes se ven entonces arrinconadas a una existencia de reclusas, sepultadas por el tropel, viven en la sombra, la vergüenza y el silencio. Sin embargo, y esto el pregonero lo había entendido perfectamente en siete años de cosecha, esas palabras aun así no mueren. Se acumulan, se encaraman las unas sobre las otras, se agrian a medida que transcurre su vida subterránea, asistiendo, rabiosas, al exasperante vaivén de las palabras fluidas y autorizadas. Al inaugurar esta urna hendida con una fina abertura de doce centímetros, el pregonero había creado una brecha por donde las prisioneras se escapaban con un vuelo de saltamonte. No había una mañana en que no sacase algo indecible del fondo de su caja: arengas, injurias, desesperanzas, calumnias, denuncias, amenazas, locuras. Indecible y a veces tan simple, tan desesperadamente memo, que costaba trabajo leerlo hasta el final. A veces tan retorcido que el sentido era prácticamente inasible. A veces tan viscoso que la hoja se le caía de las manos. Y tan lleno de odio, a veces, tan destructivo, que el pregonero acababa eliminándolo.

Porque el pregonero trillaba.

A pesar de ser un hombre cumplidor y consciente de extirpar de la nada los desechos más perseguidos del pensamiento humano, de continuar la obra salvadora de su antepasado, el pregonero se concedía el derecho de excluir todo aquello que no era capaz de repetir con sus propios labios.



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