Los mensajes no leídos quedaban a disposición del autor con la moneda de cinco francos, pues, como había remachado el antepasado, los Le Guern no somos bandidos. Así, tras cada pregón, Joss desplegaba los desechos del día sobre la caja que hacía las veces de estrado. Siempre había. Todos los que prometían machacar a las mujeres y los que mandaban a la mierda a los negratas, a los moros, a los amarillos y a las mariconas iban a parar a los desechos. Y es que Joss adivinaba por instinto que le había faltado poco para nacer mujer, negrata o maricón, y la censura que ejercía no era prueba de elevación espiritual sino un simple reflejo de supervivencia.

Una vez al año, durante el periodo vacacional del 11 al 16 de agosto, Joss ponía la urna en cala seca para repararla, limarla y pintarla de nuevo: de azul brillante por encima de la línea de flotación, de azul ultramar por debajo y el Viento de Norois II pintado en negro sobre la cara delantera, con grandes letras cuidadosas, los Horarios sobre el flanco de babor y las Tarifas y Otras condiciones aferentes a estribor. Había escuchado mucho esa palabra con motivo de su arresto y de su juicio posterior y la había asimilado con sus recuerdos. Joss consideraba que aquel «aferentes» daba cuerpo a su pregón, a pesar de que el letrado del hotel no estuviese de acuerdo. Un tipo del que no sabía muy bien qué pensar, este Hervé Decambrais. Un aristócrata sin duda alguna, con muchos aires, pero tan arruinado que tenía que subarrendar las cuatro habitaciones de su primer piso y aumentar sus pequeñas ganancias con la venta de manteles y la distribución, previo pago, de consejos psicológicos de pacotilla. Él vivía confinado en dos habitaciones del piso bajo, rodeado de pilas de libros que le comían el espacio. Hervé Decambrais había engullido millones de palabras, pero Joss no temía que aquello le produjese asfixia porque el aristócrata hablaba mucho. Tragaba y regurgitaba todo el día, una verdadera pompa, con partes complicadas, no siempre inteligibles. Damas tampoco captaba todo; aquello lo tranquilizaba sólo en parte porque Damas tampoco es que fuese una lumbrera.



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