
Mientras desparramaba el contenido de la urna sobre la mesa para empezar a separar lo decible de lo indecible, Joss detuvo su mano encima de un sobre ancho y grueso, de un blanco marfileño. Por primera vez, se preguntó si el letrado no sería el autor de aquellos mensajes lujosos -veinte francos en el sobre- que llevaba recibiendo desde hacía tres semanas, los mensajes más desagradables de los últimos siete años. Joss desgarró el sobre, con el antepasado asomado sobre su hombro. «Cuida tus cojones, Joss, no hay sólo belleza en la cabeza del hombre.»
– Cierra la boca -dijo Joss.
Desplegó la hoja y leyó en voz baja:
Y entonces, cuando las serpientes, murciélagos, tejones y todos los animales que viven en la profundidad de las galerías subterráneas salen en masa a los campos y abandonan su hábitat natural: cuando las plantas que dan frutos y las leguminosas empiezan a pudrirse y a llenarse de gusanos (…).
Joss le dio la vuelta a la hoja para buscar una continuación pero el texto se detenía ahí. Sacudió la cabeza. Había desaguado muchas palabras espantadas pero aquel tipo batía todos los récords.
– Pirado -murmuró-. Rico y pirado.
Volvió a dejar la hoja y desgarró rápidamente los otros sobres.
III
Hervé Decambrais se presentó en el umbral de su puerta unos minutos antes del comienzo del pregón de las ocho y media.
