Dios sabía sin embargo cuánto había respetado Joss las exigencias histéricas de su bou y lo conciliadores que se habían mostrado el uno con el otro, hombre y barco. Hasta aquella maldita noche de tormenta en la que él había golpeado la cubierta con el puño, dominado por un ataque de ira. El Viento de Norois, que ya estaba casi acostado sobre estribor, había hecho bruscamente agua por la parte de atrás. Con el motor ahogado, el bou partió a la deriva en medio de la noche, con los hombres achicando el agua sin descanso, para detenerse al final sobre un arrecife al alba. Hacía de esto ya catorce años y dos hombres habían muerto. Catorce años desde que Joss había molido al armador del Norois a patadas. Catorce años desde que Joss había dejado el puerto de Guilvinec, tras nueve meses en la trena acusado de lesiones con intención de causar la muerte, catorce años desde que casi toda su vida se había escapado por aquella grieta en el casco de la nave.


Joss descendió por la Rue de la Gaîté, con los dientes apretados, masticando el furor que lo inundaba cada vez que el Viento de Norois salía a la superficie sobre las crestas de sus pensamientos. En el fondo, no tenía nada que reprocharle al Norois. El viejo bou sólo había reaccionado al golpe haciendo crujir su tablazón podrido por los años. Estaba seguro de que el barco no había sopesado el alcance de su breve rebeldía, inconsciente de su edad, de su decrepitud y de la potencia de las olas aquella noche. Seguro que el bou no había deseado la muerte de los dos marinos y seguro que ahora, desde el fondo del mar de Irlanda donde descansaba como un imbécil, lo sentía. Joss le enviaba con bastante frecuencia palabras de consuelo y de absolución y creía que, como él, el barco era capaz ahora de conciliar el sueño, que se había construido otra vida, allá, como él aquí, en París.



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