Sin embargo, no habría absolución para el armador.

– Venga, Joss Le Guem -había dicho dándole golpecitos en el hombro-, aún hará que cabalgue otros diez años ese barcucho. Él es fuerte y usted sabe dominarlo.

– El Norois se ha vuelto peligroso -repetía Joss obstinadamente-. Gira sobre sí mismo y su cubierta está deformada. Los paneles de la bodega están gastados. No respondo de él si hay tormenta. Y el bote ya no se adapta a las normas.

– Conozco mis barcos, capitán Le Guern -había respondido el armador endureciendo el tono-. Si tiene miedo del Norois, cuento con diez hombres dispuestos a reemplazarlo con un solo chasquido de dedos. Hombres que no se espantan y que no gimen como burócratas por culpa de las normas de seguridad.

– Pero yo tengo a tres muchachos a bordo.

El armador aproximaba su rostro, gordo, amenazante.

– Si se le ocurre, Joss Le Guern, ir a lloriquear a la capitanía del puerto, se encontrará en la calle antes de poder reaccionar. Y de Brest a Saint-Nazaire no encontrará ni a un solo tipo con quien embarcarse. Le aconsejo que reflexione bien, capitán.

Sí, Joss todavía lamentaba no haber rematado a aquel tipo, al día siguiente del naufragio, en vez de haberse contentado con romperle un brazo y destrozarle el esternón. Pero algunos hombres de la tripulación los habían separado, un grupo de cuatro. No jodas tu vida, Joss, le habían dicho. Lo habían agarrado, se lo habían impedido. Le habían impedido liquidar al armador y a todos sus esclavos, a aquellos que lo habían tachado de todas las listas en cuanto salió de la cárcel. Joss había estado gritando en todos los bares que los culos gordos de la capitanía percibían comisiones y sus gritos fueron tan fuertes que se vio forzado a abandonar la marina mercante. Rechazado de puerto en puerto, Joss se había metido un martes por la mañana en el Quimper-París para embarrancar, como tantos otros bretones antes que él, en el vestíbulo de la estación Montparnasse, dejando tras él una mujer en fuga y nueve tipos que matar.



4 из 298