Cuando tuvo ante sus ojos el cruce Edgar-Quinet, Joss volvió a arrumbar sus odios nostálgicos en el forro de su espíritu y se apresuró a recuperar el retraso. Todas esas historias sobre los posos del café, sobre la guerra de las cosas y la guerra de los hombres le habían robado un cuarto de hora por lo menos. Ahora bien, la puntualidad era un elemento clave en su trabajo y estaba empeñado en que la primera edición de su diario hablado empezase a las ocho y treinta, la segunda a las doce horas y treinta y cinco minutos, y la de la noche a las dieciocho horas y diez minutos. Eran los momentos de mayor afluencia y los oyentes iban demasiado apurados en aquella ciudad para soportar el más mínimo retraso.

Joss descolgó la urna del árbol donde quedaba suspendida por las noches, con ayuda de un nudo de guía y de dos candados, y la sopesó. Esta mañana no estaba demasiado llena, podría trillar la mercancía bastante rápido. Sonrió levemente y llevó la caja hasta la trastienda que le prestaba Damas. Aún quedan buenos tipos en la tierra, tipos como Damas, que te dejan una llave y un palmo de mesa sin miedo a que les desvalijes la caja. Damas, menudo nombre. Regentaba una tienda de rollersen la plaza, Roll-Rider, y le dejaba acceso libre para que preparase sus ediciones al abrigo de la lluvia. Roll-Rider, menudo nombre. Joss desencadenó la urna, una gruesa caja de madera que había empavesado con sus propias manos y a la que había bautizado como Viento de Norois II,en homenaje a su difunto ser querido. Indudablemente no era muy honorífico para un gran bou de pesca de altura ver a su descendencia reducida al estado de buzón parisino, pero este buzón no era un buzón cualquiera. Era un buzón genial, concebido a partir de una idea genial, surgida hacía siete años, gracias a la cual Joss había superado de manera formidable la cuesta, tras tres años de trabajo en una conservera, seis meses en una fábrica de bobinas y dos años de paro.



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