
– ¿Te acuerdas de mí? -preguntó el viejo.
– Sí -farfulló Joss-. Cuando yo nací ya habías muerto y no lloré.
– Oye, hijo, podrías evitarme las tonterías para una vez que te visito. ¿Cuántos haces?
– Cincuenta años.
– No te ha sentado bien la vida. Aparentas más.
– No necesito tus comentarios y además no te he llamado. Tú también eras feo.
– Utiliza otro tono, amigo. Ya sabes cómo me pongo cuando me enfado.
– Ya, todo el mundo lo sabía. Sobre todo tu mujer, le pegaste como a un saco durante toda su vida.
– Bueno -dijo el viejo gesticulando-, hay que poner todo eso en su sitio. Eran cosas de aquella época.
– Un cojón la época. Eran cosas tuyas. Le jodiste un ojo.
– Venga, no vamos a seguir hablando de ese ojo durante siglos.
– Sí, para que sirva de ejemplo.
– ¿Y eres tú, Joss, quien me habla de ejemplo? ¿El Joss que casi destripa a un tipo a puntapiés en el muelle de Guilvinec? ¿O me equivoco?
– Para empezar, no era una mujer y, además, ni siquiera era un tipo. Era un roñoso y se la sudaba que los otros la palmasen siempre que pudiese sacar billetes.
– Ya, lo sé. No puedo decir que te equivoques. Pero eso no es todo, chaval, ¿por qué me has llamado?
– Te lo he dicho. No te he llamado.
– Eres un gilipollas. Tienes suerte de haber heredado mis ojos porque te hubiese metido una buena. Pues fíjate tú que si estoy aquí es porque me has llamado, es así y nada más. Además, no es un bar del que sea asiduo, no me gusta la música.
