La idea genial se le había ocurrido una noche de diciembre en un café de Montparnasse lleno en sus tres cuartas partes de bretones solitarios, cuando, abatido con una copa entre las manos, escuchó el sempiterno ronroneo de los ecos de su tierra. Un tipo habló de Pont-l’Abbé y fue así como el bisabuelo Le Guern, nacido en Locmaria en 1832, salió de la cabeza de Joss para acodarse en la barra y decirle hola. Hola, dijo Joss.

– ¿Te acuerdas de mí? -preguntó el viejo.

– Sí -farfulló Joss-. Cuando yo nací ya habías muerto y no lloré.

– Oye, hijo, podrías evitarme las tonterías para una vez que te visito. ¿Cuántos haces?

– Cincuenta años.

– No te ha sentado bien la vida. Aparentas más.

– No necesito tus comentarios y además no te he llamado. Tú también eras feo.

– Utiliza otro tono, amigo. Ya sabes cómo me pongo cuando me enfado.

– Ya, todo el mundo lo sabía. Sobre todo tu mujer, le pegaste como a un saco durante toda su vida.

– Bueno -dijo el viejo gesticulando-, hay que poner todo eso en su sitio. Eran cosas de aquella época.

– Un cojón la época. Eran cosas tuyas. Le jodiste un ojo.

– Venga, no vamos a seguir hablando de ese ojo durante siglos.

– Sí, para que sirva de ejemplo.

– ¿Y eres tú, Joss, quien me habla de ejemplo? ¿El Joss que casi destripa a un tipo a puntapiés en el muelle de Guilvinec? ¿O me equivoco?

– Para empezar, no era una mujer y, además, ni siquiera era un tipo. Era un roñoso y se la sudaba que los otros la palmasen siempre que pudiese sacar billetes.

– Ya, lo sé. No puedo decir que te equivoques. Pero eso no es todo, chaval, ¿por qué me has llamado?

– Te lo he dicho. No te he llamado.

– Eres un gilipollas. Tienes suerte de haber heredado mis ojos porque te hubiese metido una buena. Pues fíjate tú que si estoy aquí es porque me has llamado, es así y nada más. Además, no es un bar del que sea asiduo, no me gusta la música.



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