
– Bueno -dijo Joss, vencido-. ¿Te invito a un trago?
– Si consigues levantar el brazo. Porque déjame decirte que ya has bebido tu dosis.
– Ocúpate de tus asuntos, viejo.
El antepasado se encogió de hombros. Se había visto en otras peores y no iba a ser ese mocoso quien lo atemorizase. Un Le Guern de pura cepa este Joss, no había ni que decirlo.
– ¿Cómo es eso? -retomó el viejo sorbiendo su licor de hidromiel-. ¿No tienes ni mujer ni cuartos?
– Pones el dedo en la llaga -respondió Joss-. Eras menos espabilado en su momento, según lo que cuentan.
– Es por ser fantasma. Cuando uno está muerto sabe cosas que antes no sabía.
– No jodas -dijo Joss extendiendo un brazo débil en dirección al camarero.
– Por las mujeres no valía la pena que me llamases, nunca ha sido mi especialidad.
– Ya me lo imaginaba.
– Pero lo del curro no es muy complicado, chico. No tienes más que copiar a la familia. No pintabas nada con las bobinas, fue un error. Y además, ya sabes, hay que desconfiar de las cosas. Puede que los aparejos estén bien, pero de las bobinas, de los hilos, de los corchos ni te digo, más vale pasar de largo.
– Ya lo sé -dijo Joss.
– Hay que arreglárselas con la herencia. Copia a la familia.
– No puedo ser marino -dijo Joss poniéndose nervioso-. Estoy vetado.
– ¿Quién te habla de ser marino? Hay más cosas que los peces en la vida, Dios bendito, sólo me faltaba eso. ¿Fui marino yo?
Joss vació su vaso y se concentró en la cuestión.
– No -dijo tras algunos instantes-. Eras el pregonero. Desde Concarneau hasta Quimper, eras el pregonero de las noticias.
– Sí, hijo mío, y me enorgullezco de ello. Ar Bannour era yo, «el pregonero». No había ninguno mejor que yo en la costa sur.
