
– Ya -dijo Joss, sirviéndose directamente de la botella colocada sobre la barra.
– El segundo imperio lo cubrí yo. Iba a buscar las noticias hasta Nantes y las traía a lomos de caballo, frescas como la marea. La tercera república la pregoné yo en todas las costas, tenías que haber visto aquel follón. Y ni te hablo del caldo local: los matrimonios, las muertes, las disputas, los objetos recuperados, los niños perdidos, los zuecos para reparar, era yo el que transportaba todo aquello. De pueblo en pueblo, me entregaban noticias para que las leyese. La declaración de amor de la hija de Penmarch a un chico de Sainte-Marine, aún lo recuerdo. Un escándalo de todos los diablos seguido de un asesinato.
– Te podías haber callado.
– No sé por qué, me pagaban para leer, hacía mi trabajo. Si no leía, les robaba a los clientes y los Le Guern quizás seamos unos brutos pero no somos unos bandidos. Sus dramas, sus amores y sus celos de pescadores no eran asunto mío. Ya tenía bastante con ocuparme de mi propia familia. Una vez al mes, pasaba por el pueblo a ver a los niños, ir a misa y echar un polvo.
Joss suspiró en su vaso.
– Y a dejar los cuartos -completó el antepasado con un tono firme-. Una mujer y ocho niños comen lo suyo. Pero, créeme, con Ar Bannour, nunca les faltó de nada.
