– No ha sonado ninguna alarma -objetó él.

– No ha sonado aquí. Richard no cree en advertir a los ladrones para que puedan ir a otro sitio. Prefiere pillarlos con las manos en la masa. Pensé que lo sabría ya que son tan buenos amigos.

Una alarma conectada con la policía. Gannon se hubiera abofeteado. Nunca se le hubiera ocurrido que un sitio como aquél tuviera alarma a pesar de su nuevo aspecto. Habría entendido que hubieran cambiado la cerradura que era muy endeble, ¿pero poner una alarma en un refugio de pescadores, por Dios bendito?

Excepto que ya no era un refugio de pescadores. Era un hogar cálido y acogedor ocupado por una chica con cara de ángel y la frialdad de mantenerlo entretenido hasta que llegaran los refuerzos. Y él que había creído estar manipulándola…

Cubrió la distancia que lo separaba de ella antes de que pudiera moverse y le quitó a Sophie de los brazos. Las costillas se le resintieron, pero no tenía tiempo de pensar en el dolor.

– Me perdonará si no me quedo a charlar -dijo sombrío-. Supongo que la puerta principal seguirá en el mismo sitio, ¿verdad?

Dora sintió una punzada de ansiedad.

– No puede sacar a Sophie ahí fuera.

El lejano sonido de un relámpago acompañó a sus palabras y la lluvia empezó a caer de nuevo con fuerza. La ansiedad dio paso a la determinación.

– Lo prohíbo.

– ¿Ah sí? -si la situación no hubiera sido tan desesperada, se habría echado a reír-. ¿Y cómo va a detenerme?

– Así.

Se plantó entre él y la puerta.

Gannon aplaudió su coraje, pero no tenía tiempo para juegos, así que enganchó el brazo libre alrededor de su cintura y la levantó por los aires. Una fuerte punzada de dolor le sacudió en las costillas. Tampoco tenía tiempo para eso. Pero se tambaleó ligeramente cuando la soltó.

– ¡Oh, Dios mío! Está herido…



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