
– Premio para la señora -murmuró apoyándose contra la pared para esperar a que el dolor remitiera.
– Mire, no se preocupe. Me desharé de ellos.
– ¿De verdad? -preguntó él con aspereza-. ¿Y por qué iba a hacerlo?
– Dios sabe, pero lo haré. Sólo quédese aquí y guarde silencio.
Gannon la miró fijamente y ella alzó los hombros. Eso deslizó la bata por sus finos hombros y le produjo el mismo efecto en la respiración que las dos costillas rotas.
– Lo que diga la señora. Pero no intente hacerse la lista.
– ¿Lista? ¿Yo? -de repente esbozó una amplia sonrisa-. Debe estar de broma. Yo sólo soy la típica de sus rubias bobas.
Rubia desde luego, típica apenas y boba para nada. Cuando ella se dio la vuelta agitando las caderas como para probar su teoría, escucharon una segunda llamada más urgente.
– Cuidado con lo que diga -ordenó él en voz baja desde la cocina.
Todavía no sabía si debía confiar en ella.
Dora miró atrás. Gannon y Sophie estaban apoyados contra el marco de la puerta y él tenía la mano metida en el bolsillo como si agarrara un arma escondida. Seguramente no. Sólo debía estar intentando asustarla… Quizá debería estar asustada, mucho más de lo que estaba.
Tragó saliva con nerviosismo, corrió un poco la cadena y abrió una ranura.
El joven oficial que esperaba en la puerta era poco más que un chiquillo con la piel tan fina que no parecía tener que afeitarse todavía. La idea de pedirle que apresara a un hombre como Gannon y lo llevara a la estación de policía local era completamente ridícula. Sólo por si necesitaba más convencimiento. Además, el hombre herido se iría en cuanto descansara. Y estaba segura de que se alegraría de dejar a Sophie detrás si estaba seguro de que la dejaba en buenas manos.
– ¿Se encuentra bien, señora Marriott? -preguntó el joven creyendo que se trataba de Poppy.
Pensó en corregirlo, pero decidió que si quería que se fuera lo antes posible, era mejor no hacerlo.
