– Bien -la voz le salió un poco quebrada-. Bien -repitió con más seguridad-. ¿Por qué? ¿Qué es lo que pasa?

– Probablemente nada, pero la empresa de seguridad nos avisó de que su alarma se había disparado. Siento haber tardado tanto en llegar, pero estamos muy ocupados esta noche con la tormenta.

Dora procuró mantener la sonrisa.

– He mirado, pero todo parece seguro.

El oficial alzó la vista.

– Parece que no funcionan sus luces de seguridad.

– No, las he apagado yo.

Se maldijo a sí misma por haber sido tan tonta. Si las hubiera dejado encendidas, el intruso no habría aparecido. Pero, ¿dónde estaría la pequeña Sophie ahora? Empapada hasta los huesos y candidato a una neumonía.

Buscó el interruptor y todo el perímetro de la casa quedó iluminado mostrando un coche de policía a pocos metros.

– Parecen encenderse cada vez que algo más grande que un ratón entra en su campo de acción. Me pone muy nerviosa.

Tuvo cuidado de no mostrar ningún énfasis especial en su tono de voz y de no decir nada que pudiera hacer que el hombre que estaba a sus espaldas se sobresaltara y huyera con Sophie en mitad de aquella tormenta. Y no es que pareciera tener los nervios débiles. Pero por si acaso, no pensaba arriesgarse.

– ¿Quiere que le inspeccione la casa por si acaso?

El joven dio un paso adelante, pero ella no soltó la cadena.

– No hace falta, de verdad.

– No sería ninguna molestia.

– ¿Pete? -lo llamó su compañero desde el coche patrulla-. Si has terminado, tenemos otro aviso.

– Ahora mismo voy -Pete se dio la vuelta hacia ella-. Probablemente las luces hayan disparado la alarma, señora Marriott -hizo un gesto hacia el coche-. Esa debe ser otra.

– ¡Qué agotador para ustedes! Siento mucho que hayan hecho el viaje en vano.

– No se preocupe. Sólo revise la alarma por la mañana. Y mantenga las luces encendidas. Los ladrones se lo piensan dos veces.



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