
– ¿Sólo probablemente?
Él la miró a los ojos con un momentáneo brillo de desafío. Entonces, las líneas alrededor de sus ojos se contrajeron una milésima suavizando su cara con una seductora sonrisa que le hizo contener el aliento.
– No, no probablemente, señora Marriott. Seguro.
Y su voz, oscura como el terciopelo, no hizo nada por ayudar.
Dora tragó saliva.
– Me alegro de que lo comprenda -dijo con brusquedad-. Ahora, si va a quedarse, ¿no será mejor que le de a Sophie la leche? -miró a la niña, que se había quedado dormida contra el hombro de su padre-. ¡Pobrecita! Mire, ¿por qué no la sube y la acuesta en mi cama? Yo le llevaré la leche. Por si se despierta.
La sonrisa de él se acentuó.
– Aunque admire su iniciativa y aprecie su amabilidad, creo que será mejor que las órdenes las dé yo y usted las obedezca. Me sentiré más seguro así -apartó a Sophie suavemente de su hombro y la puso en los brazos de Dora antes de quitarle un mechón de la cara con ternura-. Aunque haya echado a la policía estoy seguro de que piensa llamar para pedir refuerzos de algún tipo. Planes que conllevan usar un teléfono.
Dora no había pensado en el teléfono en absoluto, aunque tampoco hubiera tenido la oportunidad de usarlo si lo habría pensado. Bueno, él debía haber sobrevalorado su capacidad de pensar por sí misma, pero no era demasiado tarde para empezar a hacerlo. La hermana de Richard vivía a unos tres kilómetros con su marido. Ellos sabrían qué hacer en una situación como aquélla.
– Quizá lo haya hecho -dijo con una sonrisa-. Supongo que querrá que lo desconecte, ¿verdad?
Gannon pensó que iba a necesitar un teléfono si tenía que arreglar los papeles de Sophie y solucionar las cosas con las autoridades, pero no podía hacerlo esa noche y aquella mujer era una desconocida como para arriesgarse.
