
– Supongo que sí.
– Está en el salón -le informó ella mientras llenaba la taza de leche-. Por favor, intente no destrozar la pared cuando lo arranque. La acaban de pintar.
Lo último que quería él era destrozar la pared.
– Búsqueme un destornillador y lo volveré a conectar, cuando me vaya. ¿Hay algún supletorio arriba?
– No, aunque estoy segura de que querrá comprobarlo usted mismo.
– ¡Oh, sí! Lo comprobaré -la sonrisa de Gannon fue inesperada y acentuó las líneas de sus mejillas produciendo destellos dorados en sus ojos de color chocolate-. Aunque puedo entender que Richard no quisiera instalar uno en el dormitorio. Si usted fuera mi mujer, no tendría un teléfono en veinte millas a la redonda.
Dora, capaz normalmente de detener los coqueteos de cualquier hombre con las manos atadas a la espalda, se balanceó por un momento con indecisión antes de encontrar la respuesta apropiada. Pero nada le había preparado para un encuentro como aquél con Gannon. Había cierto carácter depredador en él que le erizaba el vello de la nuca advirtiéndole de que haría lo que fuera para conseguir lo que deseaba. Y una parte de ella pensó que hasta podría gustarle.
– ¡Qué suerte que no lo sea! -replicó con la mayor frialdad posible aunque no le sonó muy convincente-. Sólo piense lo inconveniente que sería no tener teléfono.
– Cualquier inconveniencia merecería la pena si pudiera tenerla toda para mí mismo, señora Marriott. Sin ninguna interrupción.
Aquello sí era convincente. Aquel hombre podría dar lecciones en ese asunto. Había pasado mucho tiempo desde que nadie conseguía hacer sonrojarse a Dora, pero el ardor que sentía en las mejillas era inconfundible. John Gannon podría no haberse afeitado en dos días, pero cuando sonreía, era muy fácil olvidarlo.
