
– ¿Qué diablos…?
El intruso, volviéndose desde el armario con una linterna en la mano, parpadeó cegado ante la repentina luz y levantó la mano para sombrearse los ojos. Entonces vio a Dora.
– ¿Quién diablos es usted?
Dora se quedó con la boca abierta. Sin hacer caso de que le sacaba casi la cabeza y que podría haberla alzado con la misma facilidad que ella a la niña, se adelantó hacia él.
– ¿Y quién diablos lo quiere saber?
El hombre se puso rígido.
– Yo -entonces, de forma inesperada, bajó la mano de los ojos y sonrió. La hermana de Dora era modelo y ella había visto aquella sonrisa profesional. Aquel hombre era bueno. Y se movió hacia ella totalmente tranquilo ante la situación-. Lo siento. No quería gritar, pero me ha sorprendido.
– ¿Que yo le he sorprendido? -Dora lo miró con la boca abierta asombrada de su valor antes de recuperarse-. ¿Cómo ha entrado aquí?
– Abrí el cierre -dijo con un candor que la desarmó. La estaba mirando con curiosidad y nada avergonzado de su confesión-. Pensé que la granja estaba vacía.
Había admitido abrir la cerradura sin pizca de remordimiento. Ante una situación así, cualquier ladrón normal hubiera salido corriendo. Dora alzó a la niña en brazos para acomodarla mejor contra la cadera. Pero los ladrones normales no llevaban a niños enfermos para sus correrías nocturnas.
– Bueno, pues ya ve que no está vacía. Yo vivo aquí, señor mío -dijo sin pensar en su situación temporal.
Cuando Poppy le había ofrecido la granja mientras ella y Richard estaban de viaje, le había indicado que tratara la casa como si fuera suya, pero con los privilegios llegaba la responsabilidad. En ese mismo instante, Dora decidió que era hora de tomar sus responsabilidades en serio. Así que miró con furia al intruso negándose a que un vagabundo la encandilara con su sonrisa profesional para conseguir pasar la noche en una cama seca.
