– Yo vivo aquí y no admito huéspedes -repitió-, así que será mejor que se vaya.

La sonrisa se desvaneció de forma abrupta.

– Me iré cuando esté bien y listo…

– Eso cuénteselo a la policía porque llegará en cualquier momento -al alzar la voz la niña empezó a gemir y Dora se volvió hacia ella para acariciarle el pelo con suavidad-. ¿Qué diablos hace con una niña enferma a estas horas de la noche, de todas formas? Debería estar en la cama.

– Eso es exactamente lo que pensaba hacer en cuanto le calentara un poco de leche -confirmó él sus sospechas. El hombre hizo un gesto hacia un cartón de leche sobre la mesa-. No esperaba encontrar a nadie.

– Eso ya me lo ha dicho.

Dora no hizo caso del hecho de que su voz no encajara con los raídos pantalones sucios de barro, el jersey arrugado y la cazadora que en otro tiempo habría costado una fortuna, pero ahora estaba tan usada que se abría por las costuras. Un vagabundo con acento de colegio de pago seguía siendo un vagabundo.

– ¿Supongo que pensaba ocupar la casa?

– Por supuesto que no -una fugaz mirada de irritación surcó la cara del hombre antes de encogerse de hombres-. A Richard no le importará que me quede unos días.

– ¡Richard!

Dora enarcó las cejas al oír el nombre de su cuñado.

– Richard Marriott -explicó él-. El dueño de esta granja.

– Ya sé quién es Richard Marriott. Y discúlpeme si difiero con usted en cuanto a su reacción. Da la casualidad que sé lo que él opina de que le asalten la casa.

Su declaración pareció sorprender a su interlocutor.

– A menos que sea él quien lo haga. Fue él el que me enseñó cómo entrar aquí.

La miró a los ojos desafiándola a que le contradijera.

– Richard usa sus habilidades para probar sistemas de seguridad.



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